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martes, 23 de septiembre de 2014

"Dos palabras" de Isabel Allende

Dos palabras

Autor: Isabel Allende
Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Recorría el país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un toldo de lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su clientela. No necesitaba pregonar su mercadería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos la conocían. Había quienes la aguardaban de un año para otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía a precios justos. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables. También vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias verdaderas que recitaba de corrido, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pueblo a otro.

"Te quitabas la faja de la cintura..."

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

 Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicictad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza. 

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. 

Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.
 -Cuéntame un cuento -te digo.
 -¿Cómo lo quieres? -Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.
 
ROLF CARLE

Cuentos de Eva Luna



CUENTOS DE EVA LUNA(de Isabel Allende)

CUESTIONES INICIALES 4º ESO

1.               Las mil y una noches (Alf laila wa-laila) es una colección de cuentos árabes que ya circulaban oralmente en los siglos IX y X, y cuyos relatos, entre los que destacan Aladino y la lámpara maravillosa, Simbad el marino, Alí Baba y los cuarenta ladrones, etc, se van intercalando en una historia que sirve de eje vertebrador de todo el libro. La cita que aparece en la página inicial del libro de Isabel Allende resume parte de esa historia. Recuerdas qué había sucedido con anterioridad a este momento, y cómo continuará la historia de Sherezade y el rey.

2.               TEXTO DE ROLF CARLE
a)      en este texto aparecen partes narrativas, partes dialogadas y parte descriptivas. Señala algún ejemplo de cada tipo.
b)      Aparecen dos personajes, indica qué relación hay entre ellos, y qué arte domina cada uno de ellos.
c)      ¿cuántos momentos (temporales) aparecen en la historia? ¿qué sucede en cada uno de ellos?
d)     Haz un pequeño resumen de la historia

3.               CUENTO DOS PALABRAS
a)      en cuantas partes dividirías este cuento
b)      tomando como punto de partida lo que acabas de leer escribe veinte líneas en las que reflexiones sobre el siguiente tema: “El poder de las palabras”.